miércoles, 21 de diciembre de 2016

Fan Fiction- La Última Hora por Cristian de Antigua


Ser Alliser podía sentir cómo las tablas del patíbulo le rendían una breve genuflexión a cada uno de sus pasos, mientras los salvajes allá abajo eran apiñados en un cerco de negras lanzas, cada vez más estrecho.

-¡Por qué nos hacen esto!- reclamaba un salvaje de rostro quemado por el hielo. 

-¡Cállate y muévete!-

-¡Pero qué tanto más nos quieren encerrar! ¿Acaso no se dan cuenta que hay niños, malditos cuervos?- 

Un violento puño enfundado en guantelete quitó todo el aire de los pulmones de ese rostro quemado, para inmediatamente amenazarlo con la lanza embrazada.

-¡Atrévete a insultarnos de nuevo, pedazo de mierda!

Bowen Marsh miraba, ora a Ser Alliser, ora a los hermanos que estaban acorralando al pueblo libre, y a cada vez fruncía un poco más el ceño.

El rostro de Ser Alliser reflejaba  la satisfacción de estar terminando con la contaminación que significaba la presencia de ese elemento en la Guardia. Era un sentimiento compartido por muchos.  Tras semanas y semanas de sentirse humillados, los hermanos juramentados que se encolumnaban tras el antiguo Maestre de Armas del Castillo Negro se estaban irguiendo con orgullo ante la perspectiva de darles de beber a sus hojas el término a esa cadena de insultos que era cada respiración de aquellos homúnculos privados de honor, de aquellas apariencias de hombres que no eran más que animales salvajes reclamando se tratados como tales.

Pero se trataba de un orgullo mendaz, porque era un hambre de venganza disfrazado: lo denotaban las actitudes de todos los hermanos que se golpeaban sus gemelos, como azuzándose para entrar en combate, con las astas de sus lanzas. Y una multitud acorralada, golpeada y amenazada era el perfecto casus belli con que esos hombres de negro contaban, de un modo u otro. A fin de conjurar el desenlace, se acercó al Maestro de Armas

-Ser, deberíamos calmar a nuestros hermanos-

-¿Simpatizas con los salvajes, Bowen?, ¿o es que acaso te gusta esa basura de rostro quemado?- le inquirió Ser Alliser en palabras llenas de sarcástica bilis.

-Solamente quiero evitar una deshonra a la Guardia1 Contestó enrojecido.

Girando su torso desde la multitud hacia su interlocutor, arqueó sus labios en una muestra de desprecio.

-Cuando te decidiste a matar a Lord Nieve mandaste tu honor a la mierda. Manchaste el negro con la sangre de un hermano juramentado, aunque fuese la de ese bastardo ¡Por los siete infiernos, por qué diantres ahora te preocupas por un presunto honor, Bowen! ¿Acaso has preñado a una puta salvaje? ¿O es que alguno de esos –girando la cabeza hacia la multitud en un nuevo gesto de repulsión- te calentó la cama y la retaguardia?

-¡No voy a seguir tolerando sus insultos, ser! ¡Ya bastante carga tendré que soportar por haber mancillado mi juramento al participar del asesinato de John Nieve! ¡Ya bastante carga tiene la Guardia al haber complotado para asesinar a su propio Lord Comandante!- Tomando una bocanada de aire, continuó -¿Acaso en preciso que volvamos a humillarnos asesinando a mujeres y niños indefensos? ¿Por qué no los expulsamos del otro lado del muro y ya? Hemos encarcelado al que se hace llamar Tormund, ejecútelo. Ejecute a todos los hombres entre ellos si así cree que va a prestar un buen servicio a la guardia. Ya sin poder contener la ira, desenvainó su espada y dijo –pero si no detiene a nuestros hermanos antes de que inicien una carnicería le juro que no tendré problemas en enterrar mi honor en sus entrañas, aunque me cueste la vida-.

 Ser Alliser soltó una carcajada. –¿crees que has encontrado algo de hombría al mostrarme tu acero? Podría asesinarte con un tenedor sin ningún esfuerzo, si tal fuese mi capricho. Pero me será difícil encontrar otro hermano tan inútil y tan cobarde como para dedicar su vida a contar provisiones-.

Sin esperar respuesta alguna, se alejó de Bowen y, poniéndose de frente a la multitud, luego de expandir su pecho para dar cabida a todo el orgullo que engulló su nariz, gritó:

-¡Hermanos! ¡No emboten sus aceros con esos montones de basura y escúchenme! ¡A las putas y sus pichones de putas las expulsan más allá del muro! A todos los que no son mujeres, aunque en verdad tampoco son hombres, los expulsaremos después de cavilar cómo conjurar el peligro que ellos revisten para nuestra Guardia.

Exclamaciones de angustias, y algunas amenazas e insultos no suficientemente ahogados se dejaron escuchar entre los salvares. Una vez más, el hombre del rostro quemado por el hielo, vociferó -¿Peligro? ¡Son ustedes los cuervos el por peligro que tienen! ¿Ustedes asesinaron a sus últimos Comandantes y nosotros el peligro?-

Voces de aprobación se escucharon el la multitud

-¡Ustedes son… Ahh!

Esta vez fueron tres los guanteletes que interrumpieron el discurso del salvaje.

-¡DETENEOS YA!- Gritó Ser Alliser con voz al cuello. -Tráiganme a esa basura así tendré ocasión de enseñarles a sus semejantes cómo se castiga el ofender a la Guardia.



Ser Alliser estaba en su clímax, sintiéndose en su hora más gloriosa. Quizás por eso  mismo no vio cómo los rostros de los salvajes, que antes encarnaban los diversos colores de la angustia, fueron sorbidos por una máscara de asombro. No vio un puñado de gritos ahogados por macilentas palmas, ni tampoco unas cuantas manos alzadas como mástiles entre aquellos pecios capturados.

Lo único que observó fue su tórax tragando palmos y palmos de acero valyrio, como si se tratase de la boca de algún sapo retrayendo su lengua, y sus rodillas abandonando el abrazo de sus fuerzas para ir al encuentro de la madera.

Curiosamente, no sintió que su caída fuese brusca, sino tan suave y acogedora como sumergirse en un tranquilo baño de leche tibia.

Quiso girar su cabeza, pero de repente todo empezó a dar vueltas y el cielo se posicionó ya a la derecha, ya abajo, ya a la izquierda, ya arriba y a la derecha de nuevo… hasta que el beso del tablado lo sumergió en una breve danza de madera y nubes que se detuvo en el descanso de aquélla sobre el ojo izquierdo de Ser Alliser, gracias a un minúsculo tocón de nieve que se formó, a modo de marca, en uno de los extremos del cadalso.

Ya no había ruido, ni pecho henchido, ni contemplación de muchedumbre alguna, solo la visión, cada vez más mezquina, de un cuerpo decapitado que hacia él apuntaba acusadoramente y, apenas por detrás, un espectro de ojos negros sosteniendo una espada que sangraba en volutas de humo.

Por primera vez en todos sus inviernos, Ser Alliser Thorne fue atenazado por un temor tan pavoroso que, de haber tenido corazón, hasta habría considerado  que quizás valdría la pena suicidarse antes que morir de miedo; pero cuando se percató del sinsentido de tal conjetura, se rió de nuevo, aunque esta vez ya no tenía modo de lograrlo.

Sin más dominio que el de sus ojos, obviando la oscuridad cada vez mayor que los dominaban, clavó su mirada en el brillo de aquella espada bastarda, tan bastarda como ese maldito espectro traidor a la Guardia.

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